Admiro a quienes poseen elocuencia y retórica, como los profetas bíblicos, especialmente Moisés, cuya narración sobre una planta de luz me fascina.
El que se hable con animales, plantas u objetos es considerado demente, y sin embargo a veces lo hacemos, por ejemplo, decimos cuando la el auto no enciende “Como ya sabes que viene mi aguinaldo se te ocurre enfermarte” o al gato que llega como si nada después de una ausencia prolongada “Sin Vergüenza donde andabas y uno acá con el pendiente de ti” o a la planta que ya está creciendo “Que hermosa eres, que bonita te estás poniendo, voy a sacarte a la luz del sol, para que te haga bien”. Bueno… si ustedes no lo han hecho, están en un extremo de la conducta, en una meramente objetiva y racional.
Los escritores inventan con la gramática o sin ella nuevas palabras, al igual que los creadores si gustan pueden decir que el aire está polvoso, que el cielo amaneció naranjoso, que el pensamiento cabalga trepidante por sinuosos caminos. Transforman y desencadenan en cascadas emociones distintas a las ya definidas.
A mí me encanta la literatura, lo que provoca y desencadena, los lugares a los que arribo sin salir de casa, el engolosinamiento perpetuo, el viaje introspectivo. De eso se trata la vida, de olvidar a donde vamos, y de pasear mientras llegamos.