Quién iba a decir
Amparo en aquellos días no era una belleza deslumbrante,
pero sí mi segundo amor, ya que el primero, como el de todos, era Manuela. No
sé quién me trajo un cassette que me encantaba, con una mezcla de temas
románticos. Empezaba con “Quién iba a decir que un día me encontraría atado a
tu amor, a tus sueños de niña, a tu piel y a tus mentiras”. Quién iba a decir
que esa inocente palomita, es decir, yo, estaba cautivado por ella, que, aunque
no era una niña, sí era bastante mentirosa. Decía tener 19 años.
Aunque todos mentimos, —“Mienten, mienten tus ojitos mira,
mira, tan bonitos”— sabía que el mundo también lo era. Por eso no juzgaba, pues
todos mentimos desde el principio de los tiempos (yo seguramente pedí el pecho
sin tener hambre).
Ámparo y yo nos conocimos cuando ella necesitó ayuda para
abrir la puerta de su casa, ya que se le había atascado la cerradura. Me hizo
saltar la barda para entrar a su hogar. Como sacado de una trama de película
para adultos, me invitó a tomar un café, se arregló y se sentó frente a mí para
compartir sus tribulaciones. Su dueño, un hombre rico, solo aparecía una vez
por semana para surtir la despensa y entregar su amor. En aquel entonces, yo
era Juan Querendón y tenía coche disponible para llevarnos lejos, muy lejos,
por los caminos del amor. A veces.
Celestino, el hermano de Mario, se iba a casar, y Mario vio
la oportunidad de convertirse en pretendiente de otra mujer del mismo pueblo.
El asunto no era en San Juan, sino que teníamos que viajar hasta Huentitán para
pedir la mano. Mario me dijo: —¿No quieres acompañarnos? —Claro que sí,
respondí, pues buscaba excusas para salir de casa y disfrutar del sol que nos
mentía con su luz: “Estoy en la luna por ti”.
Mi lucha era evadir la monotonía del hogar que ofrecía solo
trabajo, suciedad, platos y ropa por lavar, logré convencer a mi madre para que
me dejara ir de viaje. —Es una boda o algo parecido, no sé bien qué, pero lo
que sí sé es que estaremos de vuelta mañana.
Celestino, con sus 24 o 23 años, estaba en edad de casarse,
mientras que nosotros apenas teníamos diecisiete. Él tenía un auto, nosotros
éramos “pegoshtes”. El trayecto fue entretenido, con pocas palabras, mucha
música, algunos chistes sin sentido y muchas risas. A pesar de que su auto era
de un modelo antiguo, el sistema de sonido envolvente le daba un toque de lujo.
Descendimos la sierra escuchando melodías como “I Want to Break Free”, “Words”
y “Wind of Change”.
Al llegar a la costa, hicimos una parada en la tienda de la
entrada para probar algunos bocadillos. Desde ahí podíamos ver el ir y venir de
los autos de la costa a la frontera y viceversa. Fue entonces cuando vi venir
al marido de Ámparo, Don “No me acuerdo”, con mirada firme en su auto, rumbo al
Manzanar. Ella me había dicho, cuando va al Manzanar en la costa, se queda allá
dos días al menos (porque allá vive “La primera”).
En una fracción de milisegundos se me revelaron ciertas
cosas. Amparo y su soledad, Amparo y su
amor, amparo y yo, amarrados, trenzados, en bucle dando vueltas en el colchón
como pollitos rostizados de tanta pasión. Le dije a Mario —Mario, creo que me
entró un dolor de panza insoportable. —¿Cómo crees? —Si, así es. Y sin dar más
explicación dije “Adiós que les vaya bien”. Todavía intentó convencerme
diciendo que habría alcohol a morir, pero más que Dionisio, Eros el que es, el
que fue y el que será mi preferido.
En la combi de regreso fantaseaba yo con ese encuentro. Era
como ganar la lotería, tenía permiso hasta el día siguiente, estaría toda la
noche en brazos de aquella. (Quién iba a decir que algo así podría pasar).
Arribé a su domicilio como a las 4 de la tarde, le comuniqué
la noticia. La felicidad me hacía tartamudear. Me escuchó serena, y cuando
habló me dijo. —De verdad me encantaría estar contigo, pero no va a ser posible
porque acaba de llegar “Andrés” —¿Andrés? Tu marido o tienes otro. —Loquito,
Andrés el que llega cada mes. —Ahhhhhh.
Me fui pensando en las alternativas que quedaban, y ninguna
me parecía interesante. “Quién iba a decir, Que un día de estos Andrés me
habías de hallar”. Desamparado.
