La idea de que la juventud es insolente, irrespetuosa y
desdeñosa de la autoridad ha sido una crítica constante en todas las épocas y
culturas. En la Biblia, escrita por hebreos e israelitas antes de Cristo, se
aconseja a los jóvenes honrar a sus padres, se les advierte de los males que
acarrea un mal comportamiento y se les insta a aceptar la disciplina para
corregirse si no se moderan.
Un ejemplo clásico de esto es la parábola del hijo pródigo
en Lucas 15, donde un hijo desafía la autoridad de su hogar, se aleja
físicamente para experimentar la vida fuera y, al reflexionar, es recibido con
amor por su padre.
En la cultura china, "Las Analectas de Confucio",
escritas en el año 475 antes de Cristo, exponen la piedad filial como modelo de
supervivencia y la necesidad de mantener la armonía a través de una ética y
moral. Invitan a invocar la sabiduría para comprender el propósito de la vida.
En Mesoamérica, la cultura azteca, según Fray Bernardino de
Sahagún en su interpretación del Código Florentino, se enseñaba a los jóvenes a
ayudar a sus padres en las labores domésticas, a temer a los dioses, a ser
diligentes en el trabajo, humildes en el espíritu, moderados en la
alimentación, obedientes a los mayores y devotos de las deidades.
La rebeldía de los adolescentes está presente en todas las
sociedades; ¿por qué ocurre esto? Es parte de la naturaleza humana. Los jóvenes
desean explorar, experimentar diferentes estilos de vida, desafiar paradigmas y
romper esquemas.
Herman Hesse, en "Siddhartha", narra cómo el hijo
abandona a su padre en busca de su identidad. Con el paso del tiempo, al
envejecer y pasar por lo mismo que hizo pasar a su padre, experimenta en carne
propia la tristeza y el dolor del alejamiento de su hijo.
James Joyce, en su obra "Retrato del Artista
Joven", semiautobiográfica sobre la formación de un artista, a través de
su protagonista Stephen Dedalus, expone el concepto de "No serviré"
(Non serviam) como base de su argumento. Este personaje se niega
conscientemente a rendir pleitesía a lo que ya no cree, ya sea su hogar, su
patria o su fe, marcando así un camino distinto al impuesto por su entorno.
¿Qué sucede en la mente de alguien que siente que su hogar
lo asfixia, la escuela lo domestica, la religión lo manipula y la sociedad lo
obliga a caminar en fila como un animal dócil? ¿Qué tan grande es su desprecio
por las masas y sus normas anacrónicas, con tradiciones carentes de
significado? Optan por perderse aunque los tilden de locos, en lugar de vivir
bajo leyes que no les favorecen.
"La juventud es una enfermedad que se cura con el
tiempo", expresó George Bernard Shaw. Rubén Darío reflexionó
filosóficamente en su poema "Divino tesoro": "Juventud, divino
tesoro, ¡ya te vas para no volver!" concluyendo que en la vejez ya no hay
princesas que rescatar y toda la juventud se ha perdido en vanidades.
Las sensaciones vividas en esa etapa son turbulentas,
incendiarias, destructivas, una energía sin rumbo definido. A veces parece que
nada afecta al joven, pero en realidad sí lo hace; su coraza es fingir que no le
importa. Parecen creer que el Edén es eterno, aunque tengan alas unidas con
cera y muchas plumas.
El joven desconoce que su presente desaparecerá;
evolucionará si tiene suerte. Habrá tiempo para desilusionarse, pero ahora su
mundo está en desplazarse por la pantalla con sus amigos, en TikTok, snacks
rápidos y fideos instantáneos. Actualmente, se encuentra en su laberinto.
Los Beatles cantaron en 1970 "Let it be" (Déjalo
ser), animando a soltar la obsesión por controlarlo todo y hallar paz interior.
Observar, pero permitir que las cosas sigan su curso, habrá tiempo para la
sabiduría después, ahora están perdidos, asegurémonos de no desbordar el río.
La juventud es perseguir fantasías, la adultez es construir sobre bases sólidas
y la vejez es consolarse con los recuerdos de sus aventuras.
¿Lo reta? Está jugando, ¿Lo confronta? Está reconociendo el
terreno. ¿Provoca? Esta cumpliendo un ritual.
Dejémosle sus greñas, su indisciplina, su desorden.
Toleremos sus batallas. Más adelante, se regocijará en la paz, pero ahora está
inmerso en su tormenta. Son sus tiempos.
Aguantémoslo. Así como nos soportaron en aquellos días,
nuestros padres.
*EsdrasCamacho
