viernes, 24 de julio de 2026

Los muertos se reúnen a llorar por sus vivos

 “Los muertos se reúnen a llorar por sus vivos.”

#Odiseas Posmodernas

“Los muertos se reúnen a llorar por sus vivos.” Le dice Tiresias a Ulises, cuando él se acerca al inframundo. — Frase añadida por Christopher Nolan en su película La Odisea.

 

La frase me impactó. Solo aquel que ha pasado por episodios de muerte pone atención, en mi caso es el fallecimiento de mi padre.

 

Recuerdo que mi papá nos llevaba al cine a mediados de los ochenta, al cine Tapachula, donde proyectaban tres o cuatro películas seguidas. Para nosotros era un agasajo, ya que ni sentíamos cómo pasaban las horas, simplemente estábamos fascinados por la experiencia de ver tres películas por el precio de una.

 

Era temporada de vacaciones, y nos alojábamos en un hotel.  El paseo incluía ir a la playa temprano, entendía que era una inversión fuerte, por eso, en mi caso cuando me pasaban el menú para elegir alimentos en los restaurantes, pedía el de menor precio.

 

No recuerdo haber visto más películas en el cine con mi papá, más que en aquella edad de 8 o 10 años. Más tarde me dijo que no le atraía, que le parecía una pérdida de tiempo. A él le gustaban las luchas y el futbol.

 

En los 90, las televisoras rivalizaban y creo entender que se habían aliado con alguna asociación promotora de lucha libre, mostraba carteleras distintas, en una la Triple A, y en otra la de la Comisión Mundial de Lucha Libre, a veces eran los mismos luchadores, a veces era distinto. Recuerdo a Cien caras, Latin Lover, Dr. Wagner, Pierroth Junior, Konan, Rayo de Jalisco Jr, Atlantis, El perro aguayo, Brazo de oro, Satánico, La Parka, entre otros.

 

Su manera de estar cerca el de nosotros y nosotros con él, era a través del paseo, la comida, la televisión. Por eso algunas veces, nosotros que habíamos quedado en el hogar con mi madre, cuando ellos se separaron, creíamos que nos resultaba más estimulante vivir a su lado siempre, a su lado no había obligaciones, no había quehaceres, todo era agasajo, placer.

 

Nos hablaba desde primeras horas del sábado o del domingo. —¡Vénganse, a las diez comienzan las luchas!. Para esa hora, ya había ido a la carnicería por al menos dos kilos de carne, cortada en tajos, “raleada”, ya tenía, o estaba terminando de preparar la ensalada con rábanos, pepino, quesillo y/o tomate. El fuego en la parrilla estaba en su mejor momento, las cebollas, las tortillas y el chile, dorándose.

 

Entonces se escuchaba los vítores, el tema Eye Of The Tiger, los aplausos y el comentador diciendo “Lucharán a ganar dos de tres caídas, sin límite de tiempo”. Presentaban a los capitanes de la escuadra ruda y después la de los técnicos.  

 

Nosotros ya expectantes al espectáculo mordíamos uno y otro pedazo de carne, aderezado con guacamole y chirmol. Y los comentaristas con un estilo carnavalesco adornaban sus expresiones con palabras domingueras, frases chuscas, apelativos, donde mostraban que ellos también estaban disfrutando del momento. El festín duraba dos horas, y era ritual que cada sábado a las diez se repitiera.

 

—Esto es un show, pero también es lo que el mundo es. Por ejemplo, ellos se enfrentan con supuesta ira en el ring, pero en los vestidores, están de acuerdo en cada uno de sus movimientos, todo está planeado. Sabemos que es mentira todo, pero en la vida, que cosa no lo es. Nos decía.

 

En la temporada universitaria, mi hermana y yo migramos de ciudad, pero el ritual se renovaba cuando llegábamos de vacaciones o de visita inesperada, más tarde nos sacaba en su vehículo a respirar aire fresco a las comunidades más apartadas de la ciudad, donde el frescor y verdor las montañas nos extasiaban con su exuberancia. Mientras nos decía: “Desde aquí se ve distinto, allá estamos hipnotizados, ocupados en cosas urgentes quizá pero no importantes, lo importante no se reconoce con facilidad”.  

 

El tiempo pasa, maduramos, nos crecen hijos, aumentan nuestras responsabilidades, los rituales expiran. La vida sigue.

 

Y de pronto llega una conversación en una película de ficción que nos sacude, nos estremece, nos dice y que tal que como dicen que ocurre, el amor vence la muerte, y desde un no sé dónde está mi padre, pensando en mí, en sus vivos. Los que le han sobrevivido y juntamos sus recuerdos para comprender su legado.

 

 No creo que me llore, él no lloraba por casi nada, y… yo tampoco.

[Esdras Camacho]

 

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