“Los muertos se reúnen a llorar por sus vivos.”
#Odiseas Posmodernas
“Los muertos se reúnen a llorar por sus vivos.” Le dice
Tiresias a Ulises, cuando él se acerca al inframundo. — Frase añadida por
Christopher Nolan en su película La Odisea.
La frase me impactó. Solo aquel que ha pasado por episodios
de muerte pone atención, en mi caso es el fallecimiento de mi padre.
Recuerdo que mi papá nos llevaba al cine a mediados de los
ochenta, al cine Tapachula, donde proyectaban tres o cuatro películas seguidas.
Para nosotros era un agasajo, ya que ni sentíamos cómo pasaban las horas,
simplemente estábamos fascinados por la experiencia de ver tres películas por
el precio de una.
Era temporada de vacaciones, y nos alojábamos en un hotel. El paseo incluía ir a la playa temprano,
entendía que era una inversión fuerte, por eso, en mi caso cuando me pasaban el
menú para elegir alimentos en los restaurantes, pedía el de menor precio.
No recuerdo haber visto más películas en el cine con mi
papá, más que en aquella edad de 8 o 10 años. Más tarde me dijo que no le
atraía, que le parecía una pérdida de tiempo. A él le gustaban las luchas y el
futbol.
En los 90, las televisoras rivalizaban y creo entender que
se habían aliado con alguna asociación promotora de lucha libre, mostraba
carteleras distintas, en una la Triple A, y en otra la de la Comisión Mundial
de Lucha Libre, a veces eran los mismos luchadores, a veces era distinto.
Recuerdo a Cien caras, Latin Lover, Dr. Wagner, Pierroth Junior, Konan, Rayo de
Jalisco Jr, Atlantis, El perro aguayo, Brazo de oro, Satánico, La Parka, entre
otros.
Su manera de estar cerca el de nosotros y nosotros con él,
era a través del paseo, la comida, la televisión. Por eso algunas veces,
nosotros que habíamos quedado en el hogar con mi madre, cuando ellos se
separaron, creíamos que nos resultaba más estimulante vivir a su lado siempre,
a su lado no había obligaciones, no había quehaceres, todo era agasajo, placer.
Nos hablaba desde primeras horas del sábado o del domingo. —¡Vénganse,
a las diez comienzan las luchas!. Para esa hora, ya había ido a la carnicería
por al menos dos kilos de carne, cortada en tajos, “raleada”, ya tenía, o
estaba terminando de preparar la ensalada con rábanos, pepino, quesillo y/o
tomate. El fuego en la parrilla estaba en su mejor momento, las cebollas, las
tortillas y el chile, dorándose.
Entonces se escuchaba los vítores, el tema Eye Of The Tiger,
los aplausos y el comentador diciendo “Lucharán a ganar dos de tres caídas, sin
límite de tiempo”. Presentaban a los capitanes de la escuadra ruda y después la
de los técnicos.
Nosotros ya expectantes al espectáculo mordíamos uno y otro
pedazo de carne, aderezado con guacamole y chirmol. Y los comentaristas con un
estilo carnavalesco adornaban sus expresiones con palabras domingueras, frases
chuscas, apelativos, donde mostraban que ellos también estaban disfrutando del
momento. El festín duraba dos horas, y era ritual que cada sábado a las diez se
repitiera.
—Esto es un show, pero también es
lo que el mundo es. Por ejemplo, ellos se enfrentan con supuesta ira en el
ring, pero en los vestidores, están de acuerdo en cada uno de sus movimientos,
todo está planeado. Sabemos que es mentira todo, pero en la vida, que cosa no
lo es. Nos decía.
En la temporada universitaria, mi hermana y yo migramos de
ciudad, pero el ritual se renovaba cuando llegábamos de vacaciones o de visita
inesperada, más tarde nos sacaba en su vehículo a respirar aire fresco a las
comunidades más apartadas de la ciudad, donde el frescor y verdor las montañas
nos extasiaban con su exuberancia. Mientras nos decía: “Desde aquí se ve
distinto, allá estamos hipnotizados, ocupados en cosas urgentes quizá pero no
importantes, lo importante no se reconoce con facilidad”.
El tiempo pasa, maduramos, nos crecen hijos, aumentan
nuestras responsabilidades, los rituales expiran. La vida sigue.
Y de pronto llega una conversación en una película de
ficción que nos sacude, nos estremece, nos dice y que tal que como dicen que
ocurre, el amor vence la muerte, y desde un no sé dónde está mi padre, pensando
en mí, en sus vivos. Los que le han sobrevivido y juntamos sus recuerdos para
comprender su legado.
No creo que me llore,
él no lloraba por casi nada, y… yo tampoco.
[Esdras Camacho]
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