Para mí la máxima ambición de la vida era tener un trabajo de chofer.
Porque tenía dos ventajas. La primera, manejar un hipercarrérrimo…
y la segunda, que te coges a la señora de la casa.”
—Eusebio Ruvalcaba/Un Hilito de sangre
Primero somos tímidos, inocentes, callados, unos ángeles sin alas, pero de los catorce a los veintitantos somos beneficiarios de “La Edad de la Punzada”, esa en que la hormona manda, esa en la que el mundo importa poco, pueden irse al demonio todos, toda autoridad, toda jerarquía, toda norma, todo límite, toda restricción, toda disciplina, censura, todos, en realidad todos. Lo único que importa es la aventura, el riesgo, lo exótico, la transgresión, lo verdadero.
De todas las hormonas las reinas son: la testosterona, la progesterona, todas deben obedecer. Es el intercambio de fluidos el interés supremo en hombres y mujeres. El jocoso mantra es: ¡El sexo alarga la vida…Ven aquí que te haré inmortal!
El deseo es una necesidad, y la necesidad es hambre; existe una sensación de carencia, de insaciable, un “yo no sé, pero algo me ocurre; ese algo es más grande y más fuerte que toda mi vida”. Es una etapa asombrosa, sí, pero también arriesgada y peligrosa; metafóricamente se juega a la ruleta rusa a diario, se apuesta a ganar, se lo apuesta todo. “LAS AVES DE LA NOCHE ESTÁN LLAMANDO”, decía Pink Floyd en su tema “Fat Old Sun”. Esa sensación que se experimenta puede ser el abismo para algunos y, para otros, el cambio de rumbo hacia otra etapa de la vida.
Es extravío, es desconsuelo, es encanto, es impaciencia, es hastío, es arrogancia, es incendio, es espanto, es temor, es angustia, es neblina, es soleado, es estático y es fluido, es gloria y es infierno, es silencio y grito, es el cielo, es llanto, es el éxtasis, es amor, es candor, es mentira y es dolor, es alegría y es olvido, es esperanza y pesimismo, es quietud y arrebato, aburrimiento, desinterés, ira, energía, contención, inseguridad, asombro, desatino, diversión, desgracia, orgullo, cúspide y túneles, elevación y descenso, serenidad y paroxismo, locura, ternura, desesperación, muerte, vida, pasión, desconsuelo, gozo, tormento, amargo, dulce todo al mismo tiempo a veces y casi siempre.
Para abordar el caso hay recetas, hay instructivo, si hay testimonios, libros, manuales, ensayos, conferencias, talleres, tratados, manuscritos, terapia, circulo de ayuda, hay apoyo, hay entrevistas, hay material de estudios, coaching ontológicos, filosóficos, etcétera… pero nada sirve. Hay que estar inmerso, in situ, vivir la experiencia, hay que sumergirse, flotar, resistir, insistir, hay que andar a ciegas, equivocarse, desandar, rehacer, experimentar, recuperar, intentar, estar presente.
Que bella es la dichosa edad de la punzada. Nada importa, nada vale, todo es incertidumbre, todo es laberinto, libertad y exquisitez. Es un geiser a cielo abierto, la irreverencia andando, el gran yo son quien soy y no me parezco a nadie, el cielo tengo por techo, nomás el sol por cobija.
De allí brota la nostalgia eterna, la chavorruquez: la añoranza de aquellos días en que el cansancio no existía y presumíamos el preciado tesoro de nuestra juventud, el milagro de los panes y los peces renovándose a cada instante. Jugamos a ser vagabundos, ladrones, prostitutos. Sexo, alcohol y rock era nuestro alimento; En esos tiempos, el único mandamiento sagrado que importaba era “[…] Sean fecundos y multiplíquense”.
El novelista Eusebio Ruvalcaba escribió alguna vez, “Chavos Fajen no estudien: “Fajen. Fajen a lo bestia. Mastúrbense. Huelan a las mujeres. Olfatéenlas. Síganlas. Por el puro olor. Por el puro amor a esas piernas maravillosas, cachondísimas”.
¿A quién no le gusta la edad de la punzada? A los adultos. A los encorbatados, los entacuchados, de pelo engominado, a los santurrones, a las damas de gran reputación que olvidaron los días hermosos y emocionantes en que reían a carcajadas, en que se hacía el amor en lugares inesperados, cuando pisaban a fondo el acelerador, destapando botellas con genios que concedían quinientos deseos; cuando respeto y solemnidad no formaban parte de su vocabulario.
¿Y por qué los adultos reniegan de la edad de la punzada? Pues, claro, por envidia… maldicen aquellos días lejanos en los que improvisaban cantos y danzas. Cuando seguros de tener cartas macadas, retaban a Dios a una partida, a ver si había más universo que los sostuviera. Cuando del mar se les hizo pequeño para echarse un buche de agua, cuando se sintieron reyes de su banqueta y de la de enfrente. Sí, se desperdiciaba la vida, pero sobraba tiempo, y al fin y al cabo, tampoco valía tanto.
Y al final, resignados, agachan la mirada y se sientan a numerar lo que ya no están en edad de ejercer.
Y, veme hoy amor aquí. Dichosa y rebelde, sigue latiendo dentro de mí, callada y ausente como el poema más hermoso de todos, que no termino más de escribir.
#Esdras Camacho.
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