martes, 4 de agosto de 2026

Las niñeces si importan

 
En general todos los creadores de contenido se pasan de listos.
 
Su misión no es educar, no es informar, no es construir, es entretener. Aunque como efecto secundario sea ideologizar. Entretenimiento significa en tiempos de la metamodernidad, evadir, escapar del aburrimiento, ser ligero, banal, frágil, fugaz. 
 
Su habilidad principal es centrar la mirada en temas que nadie antes había explorado. ¿Por qué? Por temor, por pudor, o simple y llanamente, porque no se les había ocurrido. Así, se aprovecha de ese nicho, de ese vacío, de esa oportunidad.
 
Cuando ha pasado de tener unos pocos a miles de seguidores, el siguiente paso es monetizar, establecer colaboraciones, publicitar, y dirigir la atención de los consumidores ávidos de espectáculo, de farándula, de escándalos, de cotilleos y de contenido gratuito en redes sociales y plataformas de streaming. Con un poco de suerte, podrá convertirse en embajador de una marca internacional. A partir de los 10,000 seguidores, se es candidato a convertirse en influencer. (Es importante que tus seguidores comenten, compartan y confíen en ti). Luisito Comunica y Kimberly Loaiza son ejemplos de influencers líderes en el mercado.
 
¿Cuál es el grado de estudios óptimo para ser influencer o creador de contenido? Ninguno. Para desinformar, crear tendencias, juzgar, modelar, vender. No es necesario ir a la escuela, no hay regulación en este ámbito; todo el mundo, en todas partes, puede ser famoso y líder sin necesidad de una formación académica. ¿No es peligroso que los influencers y creadores de contenido sean analfabetas? Sí… pero, ¿a quién le importa? No existen marcos legales que salvaguarden contra influencias nocivas.
 
Millones de jóvenes, seducidos por la promesa de éxito monetario, fama, riqueza y glamour, transmiten desde sus celulares, ya sean pequeñas ocurrencias o grandes producciones, buscando pertenecer a la élite de creadores. Para que un contenido sea replicado viralmente, debe ser atractivo, sugestivo, breve y entretenido. La meta es crecer, captar la atención, retenerla; ser elegido entre todos.
 
 
En algunos países, ser influencer ya se considera una carrera profesional que puede cursarse en centros de estudios universitarios. ¿Y qué deben aprender? A conectar con su público, estudios sobre celebridades, creación de podcasts y videos, entre otros. Fascinante, ¿verdad?
 
En Chiapas destacan casos de creadores de contenido cercanos al público adolescente, que han saltado a la fama gracias a su estilo de comedia irreverente y rápidas parodias, además de un carisma único. Pakoyaso y Sonrix dominan TikTok con cifras millonarias. Varios intentan emular su éxito, sin importar que transgredan valores, tradiciones y derechos humanos.
 
Pero un gran poder conlleva una gran responsabilidad. De la pantalla salta a la sociedad. Primero se comparte en redes, se retransmite y luego se incorpora a la sociedad. Se vuelve un estilo de vida. No solo son palabras; influyen en cómo se perciben las relaciones
 
"—¿Cómo te fue en el examen? —Six seven", "Andar de delulu es mi pasión", “este comentario estuvo bien cringe”, “Después de la cita me ghosteó”, “Ese chavo anda farmeando aura con sus videos”
 
La periodista, académica e investigadora chiapaneca Patricia Chandomí, reconocida por su trabajo en derechos de las mujeres y prevención de la violencia y el abuso infantil, afirmó que no le parece gracioso que un creador de contenido haga referencias a jóvenes de 14 años con frases como “coyolitos tiernos”. Alonso Paxtor, con 614,8K seguidores en TikTok, suele incluir menores de edad en sus sketches donde abundan el doble sentido, las alusiones a la homosexualidad y la normalización de conductas ilícitas, todo ello aliñado con un peculiar coloquialismo regional. A pesar de ello, no existe un delito que perseguir, ya que no hay límites de ningún tipo para la creación de contenido.
 
En el contexto chiapaneco, la palabra “coyol” se emplea de manera coloquial para referirse al órgano sexual masculino. Debido a este uso, el término está cargado de connotaciones sexuales y es entendido por la mayoría como una referencia directa al acto sexual. En el caso del influencer Alonso Paxtor, su apodo “Coyolito” se interpreta como una alusión al sexo de hombres jóvenes, lo que refuerza la percepción de que su contenido está vinculado a insinuaciones de carácter sexual. Patricia Chandomí recuerda que el estado ocupa el primer lugar nacional en casos de abuso sexual infantil, por lo que considera inadmisible que se difunda contenido que lo minimice.
 
Reflexiona en su muro de Facebook: El abuso sexual infantil hacia niñas suele detectarse con mayor rapidez. “El ASI de niños se esconde bajo normas masculinas hegemónicas de la obligación de experimentar con todo y callarse, porque hay que ser hombre”.
 
El debate puede desencadenar algo positivo: Frenar la hipersexualización de niños y niñas. Respetar las infancias, crear un marco normativo que regule la alusión de temas perjudiciales que violenta y no asume consecuencias.
 
Defensores del comediante han elevado el tono para descalificar lo señalado por la Profesora Patricia Chandomí. Pero ¿Que cosecha un país que es indolente ante la violencia sexual, con el argumento de que es comedia? ¿Ha cambiado tanto los códigos de divertirse, que no se reconoce la amenaza, la agresión la falta de respeto a la dignidad humana?. ¿Por qué hay que tomar partido a favor de lo que no construye una cultura de paz?.
 
La pederastia o pedofilia, es una bestia que ha transmutado a  sketches floridos. Si las autoridades locales hacen oídos sordos ante la alerta que ha lanzado en Chiapas Patricia Chandomí, estarán dando un mensaje de complicidad para agresores sexuales, aún disfrazados de comediantes y creadores de contenido. 
 
Las niñeces si importan. Hagan lo que corresponde para procurarles una vida digna, presente y futura.

Las niñeces si importan