jueves, 24 de septiembre de 2026

19 años: una moneda al aire en vuelo infinito.

 19 años: una moneda al aire en vuelo infinito. 


Fui a la prepa invitado por Nelson, mi vecino de habitación. En ese tiempo yo estaba, procedente de mi natal "San Francisco Motozintla", cursando 4° Semestre de licenciatura en el turno vespertino y él, el 5° semestre de prepa, andaba yo en mis 19, y él en sus diecisiete. —Pasas por otro estudiante igual que todos, aún tienes la facha. Me dijo yo entonces acepté. Era el añ0 1997

Un día en que no tuve clases, después de que me había insistido mucho, le dije que me prestara una de sus playeras de uniforme, el pantalón debía de ser mezclilla azul y allá vamos. 

Durante mis años en la universidad, me encontré con profesores que se tomaban demasiado en serio su rol. Esperaban moldearnos en mercadólogos, publicistas, redactores, comunicadores organizacionales, presentadores de noticias, reporteros, críticos de cine, fotoperiodistas, teóricos de la comunicación, de la sociedad, filósofos, y mucho más. Eran nudos enredados que resultaba complicado deshacer, y a mí nunca me atrajo lo complejo.

La universidad para el foráneo confiere una parquedad al rostro, pues los estudios que se toman, son los importantes para el destino de un ciudadano, y, yo sin saberlo había empezado a tener cara de universitario. No lo sé, no lo quería reconocer, para mí la vida era una moneda al aire en vuelo infinito. 

Podrían decirme, ya es usted un señorcito, pero lo mío era explorar, atisbar, curiosear, fisgonear, vivir mi propia película parecida a “Calabacitas Tiernas”. Según datos verificados la adolescencia termina oficialmente entre los 19 y los 27 años, así que sí, me movía en ese rango. Sin contar que aún tenía muchas primaveras guardadas en la segunda y tercera temporada de la pos adolescencia, pero esa es otra historia. 

El portero que tenía muy buen ojo puso en duda que fuese yo estudiante, me atajó y me dijo —Y, este ¿Quién es? Prontamente Nelson que venía pegado ami, dijo es un estudiante nuevo, apenas ayer sus papás vinieron a inscribirlo. El portero accedió pero en su mirada se notaba el “Te voy a vigilar”. 

La luz del sol a las 3:30 de la tarde se filtraba con fuerza por la rendija del aula. Todos los demás alumnos estaban pendientes de mí y de mi reacción. Cuando llegó el maestro y notó la expectación en el ambiente, decidió hacer el pase de lista. Al percatarse de que yo no pertenecía al grupo, me señaló y pidió que recordara de qué había tratado la clase anterior. Al responder que era nuevo, los otros alumnos confirmaron la afirmación.

El maestro, que enseñaba física o matemáticas (yo qué sé, ninguna de esas, eran de mi agrado, por eso me había inscrito en Ciencias de la Comunicación, lejos de ecuaciones y logaritmos), me llamó al frente y me pidió resolver una ecuación. En ese momento lamenté haber aceptado acompañar a Nelson como intruso en esa respetable institución. Ante mi confesión de ignorancia, insistió en que debía tener algún conocimiento, proveniente de algún tema similar en mi escuela anterior. Todos me miraban, el profesor con tiza en mano seguía instando: “Pase, pase”.

Miré a Nelson, que me animaba diciendo que diera el paso, que el que nada sabe, nada teme. Así me vi frente a todos, con la tiza en la mano y la tarea de resolver una ecuación, empezando por hallar la raíz cuadrada de 2445. Fue evidente mi falta de habilidad:

—¿No sabes sacar la raíz cuadrada?
—No.
—¿Sabes la diferencia entre un rectángulo y un cuadrado?
—Sí.
—Pues ahí está el comienzo, continúa a partir de ahí.

En mi interior, pedí ayuda a todos los santos, prometiendo que no me aventuraría de nuevo de esa manera si lograba salir airoso de aquella situación.

—Ayúdenle a su compañero, dijo el maestro.

Mientras miraba a los demás, sus gestos de apoyo parecían un código encriptado para mí. La situación se hizo interminable.

—Regrese a su lugar, ya hablaremos más tarde, sentenció el profesor.

Ya a la hora del recreo. Fui por al sanitario a cambiarme de ropa y salí muy digno por la entrada, diciendo que no era yo estudiante de la prepa, ni de ninguna otra en el país. 


jueves, 3 de septiembre de 2026

Pero que necesidad.

 

A todos nos gusta las historias, reales o no, pero deben de ser simpáticas, emotivas, conmovedoras, llenas de lágrimas, salvajismo y/o risas, la ordinarieidad no atrae. ¿o sí?.

 

John Lennon tenía veinticinco años cuando, cuando los Beatles declararon que eran más famosos que Jesucristo, no lo hicieron de mala.  fe Artistas de esa talla parecieran que logran hacer mover el sístole y el diástole, percibieron la euforia que sentía el público.

 

El fenómeno de Juan Gabriel y la inmensa tribu que lo sigue y lo celebra es incalculable. Su historia abarca pobreza, abandono, encierro, poder y misterio. Elementos que ni las obras más destacadas de autores universales logran transmitir.

 

Sus detractores dicen que fue un letrista torpe y chambón, que su prosodia y sintaxis era forzada llena de lugares comunes y absurdos. Pero eso es precisamente la razón de su éxito, la imperfección genial de la muchedumbre.

 

«Dadme un punto de apoyo y moveré la Tierra» expresó el astrónomo y matemático Arquímedes de Siracusa.  Juan Gabriel conectó con la audiencia, porque en el alguno o varios puntos hacía alusión a esas emociones, y energías contenidas. Ya sabemos que vibramos y emitimos frecuencias, Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad: “El mexicano puede doblarse, humillarse, 'agacharse', pero no 'rajarse', esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad.”Por eso, si nos dicen en una canción “Perdona si te hago llorar, perdona si te hago sufrir, pero es que no está en mis manos”. Algo hace clic.

 

Si se narra una historia exenta de fracasos, donde todo es un lecho de rosas con perfumes y candor, resulta irreal, salvo para ciertas élites. Por otro lado, si nos adentramos en la vida de alguien cuyo padre se dedicaba a la agricultura y solía quemar los pastizales para luego sembrar, la historia toma un matiz diferente. En una ocasión, sin poder controlarlo, debido a la preocupación y al temor por las posibles consecuencias de haber dañado la propiedad de otro, decidió arrojarse al río, experimentando un fuerte shock que derivó en una grave enfermedad. Eso, sí es auténtico, dolor y la lucha forjan resiliencia y todos anhelamos recompensa a nuestros esfuerzos.

 

En el año 2025 Netflix presenta un valioso archivo cedido por la familia del artista: 30,000 fotografías, 2,268 cintas y cerca de medio millón de registros de audio; la obra recorre desde el rechazo de su familia biológica hasta los lazos de amistad que construyó en su trayectoria. “Debo, puedo y quiero”—María José Cuevas.

 

Que nos cuentan ahora de Juan Gabriel que no sepamos ya.

 

Su mamá era una empleada doméstica que lo inscribió en un internado. Cuando él triunfó le compró una casa, pero ella no se entusiasmó con el regalo. No obstante, él le compuso una melodía que es tan popular como las mañanitas en México, “Amor eterno”.

 

La presentación en Bellas Artes desató polémica: el recinto, reservado históricamente para la ópera, el ballet y la música clásica, recibió con resistencia la llegada de un ícono popular. Para muchos sectores intelectuales y conservadores, aquel acto fue visto como un sacrilegio, una profanación del templo cultural; sin embargo, detrás de esa controversia se revelaba también la fuerza de un artista capaz de desafiar las fronteras de lo establecido.

 

En una entrevista para un programa de espectáculos, declaró: “Lo que se ve no se juzga” cuando le preguntaron sobre su orientación sexual. En las décadas de los ochenta y noventa, la sociedad mexicana era notablemente conservadora. A nadie le provoco ruido saber que el compositor más destacado del momento no se reconocía heterosexual.

 

El artista sabe que si es realmente el mejor (o el peor) trascenderá, como aquella mujer que intervino una pintura de principios de siglo deteriorada, en una iglesia poco visitada en Borja España; pasó a la historia por su atrevimiento y desenlace desagradable o bien como el destacado Salvador Dalí que se ufanaba de ser el mejor pintor: “Lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien”.

 

Algunos lo comprendemos con claridad, otros apenas lo intuyen, pero el deseo profundo y evidente del ser humano es trascender: convertirse en polvo de estrellas y, antes de partir, dejar un legado que dé sentido a su paso por la vida.

 

Al “Divo de Juárez” había que inventarlo, había que tenerlo como está hoy…en un altar. Necesitamos tótems, santos, ídolos. Si no ¿Qué sería de nuestra existencia?

 

Así sucedió con Pedro Infante, con María Félix, con Cantinflas… y también con Juan Gabriel. Recuerdo aquel programa de televisión, tal vez con Verónica Castro a principios de los años noventa, donde se quedó hasta las seis de la mañana cantando y compartiendo anécdotas de su vida. Después se escuchó el Himno Nacional y de inmediato comenzó el noticiero de ECO.

 

En agosto de 2026, Sony Music Vision y Cinemex se unieron para llevar a la pantalla grande la histórica presentación que Juan Gabriel ofreció el 9 de mayo de 1990 en el Palacio de Bellas Artes junto a la Orquesta Sinfónica Nacional. Lo innovador fue que las canciones venían acompañadas de subtítulos, creando un ambiente de karaoke colectivo dentro de las salas.

 

Las paradojas de la posmodernidad, aún muerto sigues produciendo: Hoy es un mito, mañana será otro.

 

Quién iba a decir