A todos nos gusta las historias, reales o no, pero deben de
ser simpáticas, emotivas, conmovedoras, llenas de lágrimas, salvajismo y/o
risas, la ordinarieidad no atrae. ¿o sí?.
John Lennon tenía veinticinco años cuando, cuando los
Beatles declararon que eran más famosos que Jesucristo, no lo hicieron de
mala. fe Artistas de esa talla
parecieran que logran hacer mover el sístole y el diástole, percibieron la
euforia que sentía el público.
El fenómeno de Juan Gabriel y la inmensa tribu que lo sigue
y lo celebra es incalculable. Su historia abarca pobreza, abandono, encierro,
poder y misterio. Elementos que ni las obras más destacadas de autores
universales logran transmitir.
Sus detractores dicen que fue un letrista torpe y chambón,
que su prosodia y sintaxis era forzada llena de lugares comunes y absurdos.
Pero eso es precisamente la razón de su éxito, la imperfección genial de la
muchedumbre.
«Dadme un punto de apoyo y moveré la Tierra» expresó el
astrónomo y matemático Arquímedes de Siracusa.
Juan Gabriel conectó con la audiencia, porque en el alguno o varios
puntos hacía alusión a esas emociones, y energías contenidas. Ya sabemos que
vibramos y emitimos frecuencias, Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad: “El
mexicano puede doblarse, humillarse, 'agacharse', pero no 'rajarse', esto es,
permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad.”Por eso, si nos dicen
en una canción “Perdona si te hago llorar, perdona si te hago sufrir, pero es
que no está en mis manos”. Algo hace clic.
Si se narra una historia exenta de fracasos, donde todo es
un lecho de rosas con perfumes y candor, resulta irreal, salvo para ciertas
élites. Por otro lado, si nos adentramos en la vida de alguien cuyo padre se
dedicaba a la agricultura y solía quemar los pastizales para luego sembrar, la
historia toma un matiz diferente. En una ocasión, sin poder controlarlo, debido
a la preocupación y al temor por las posibles consecuencias de haber dañado la
propiedad de otro, decidió arrojarse al río, experimentando un fuerte shock que
derivó en una grave enfermedad. Eso, sí es auténtico, dolor y la lucha forjan
resiliencia y todos anhelamos recompensa a nuestros esfuerzos.
En el año 2025 Netflix presenta un valioso archivo cedido
por la familia del artista: 30,000 fotografías, 2,268 cintas y cerca de medio
millón de registros de audio; la obra recorre desde el rechazo de su familia
biológica hasta los lazos de amistad que construyó en su trayectoria. “Debo, puedo
y quiero”—María José Cuevas.
Que nos cuentan ahora de Juan Gabriel que no sepamos ya.
Su mamá era una empleada doméstica que lo inscribió en un
internado. Cuando él triunfó le compró una casa, pero ella no se entusiasmó con
el regalo. No obstante, él le compuso una melodía que es tan popular como las
mañanitas en México, “Amor eterno”.
La presentación en Bellas Artes desató polémica: el recinto,
reservado históricamente para la ópera, el ballet y la música clásica, recibió
con resistencia la llegada de un ícono popular. Para muchos sectores
intelectuales y conservadores, aquel acto fue visto como un sacrilegio, una
profanación del templo cultural; sin embargo, detrás de esa controversia se
revelaba también la fuerza de un artista capaz de desafiar las fronteras de lo
establecido.
En una entrevista para un programa de espectáculos, declaró:
“Lo que se ve no se juzga” cuando le preguntaron sobre su orientación sexual.
En las décadas de los ochenta y noventa, la sociedad mexicana era notablemente
conservadora. A nadie le provoco ruido saber que el compositor más destacado
del momento no se reconocía heterosexual.
El artista sabe que si es realmente el mejor (o el peor)
trascenderá, como aquella mujer que intervino una pintura de principios de
siglo deteriorada, en una iglesia poco visitada en Borja España; pasó a la
historia por su atrevimiento y desenlace desagradable o bien como el destacado
Salvador Dalí que se ufanaba de ser el mejor pintor: “Lo importante es que
hablen de ti, aunque sea bien”.
Algunos lo comprendemos con claridad, otros apenas lo
intuyen, pero el deseo profundo y evidente del ser humano es trascender:
convertirse en polvo de estrellas y, antes de partir, dejar un legado que dé
sentido a su paso por la vida.
Al “Divo de Juárez” había que inventarlo, había que tenerlo
como está hoy…en un altar. Necesitamos tótems, santos, ídolos. Si no ¿Qué sería
de nuestra existencia?
Así sucedió con Pedro Infante, con María Félix, con
Cantinflas… y también con Juan Gabriel. Recuerdo aquel programa de televisión,
tal vez con Verónica Castro a principios de los años noventa, donde se quedó
hasta las seis de la mañana cantando y compartiendo anécdotas de su vida.
Después se escuchó el Himno Nacional y de inmediato comenzó el noticiero de
ECO.
En agosto de 2026, Sony Music Vision y Cinemex se unieron
para llevar a la pantalla grande la histórica presentación que Juan Gabriel
ofreció el 9 de mayo de 1990 en el Palacio de Bellas Artes junto a la Orquesta
Sinfónica Nacional. Lo innovador fue que las canciones venían acompañadas de
subtítulos, creando un ambiente de karaoke colectivo dentro de las salas.
Las paradojas de la posmodernidad, aún muerto sigues
produciendo: Hoy es un mito, mañana será otro.
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