sábado, 17 de octubre de 2026

Quién iba a decir

 

Quién iba a decir

 

Amparo en aquellos días no era una belleza deslumbrante, pero sí mi segundo amor, ya que el primero, como el de todos, era Manuela. No sé quién me trajo un cassette que me encantaba, con una mezcla de temas románticos. Empezaba con “Quién iba a decir que un día me encontraría atado a tu amor, a tus sueños de niña, a tu piel y a tus mentiras”. Quién iba a decir que esa inocente palomita, es decir, yo, estaba cautivado por ella, que, aunque no era una niña, sí era bastante mentirosa. Decía tener 19 años.

 

Aunque todos mentimos, —“Mienten, mienten tus ojitos mira, mira, tan bonitos”— sabía que el mundo también lo era. Por eso no juzgaba, pues todos mentimos desde el principio de los tiempos (yo seguramente pedí el pecho sin tener hambre).

 

Ámparo y yo nos conocimos cuando ella necesitó ayuda para abrir la puerta de su casa, ya que se le había atascado la cerradura. Me hizo saltar la barda para entrar a su hogar. Como sacado de una trama de película para adultos, me invitó a tomar un café, se arregló y se sentó frente a mí para compartir sus tribulaciones. Su dueño, un hombre rico, solo aparecía una vez por semana para surtir la despensa y entregar su amor. En aquel entonces, yo era Juan Querendón y tenía coche disponible para llevarnos lejos, muy lejos, por los caminos del amor. A veces.

 

Celestino, el hermano de Mario, se iba a casar, y Mario vio la oportunidad de convertirse en pretendiente de otra mujer del mismo pueblo. El asunto no era en San Juan, sino que teníamos que viajar hasta Huentitán para pedir la mano. Mario me dijo: —¿No quieres acompañarnos? —Claro que sí, respondí, pues buscaba excusas para salir de casa y disfrutar del sol que nos mentía con su luz: “Estoy en la luna por ti”.

 

Mi lucha era evadir la monotonía del hogar que ofrecía solo trabajo, suciedad, platos y ropa por lavar, logré convencer a mi madre para que me dejara ir de viaje. —Es una boda o algo parecido, no sé bien qué, pero lo que sí sé es que estaremos de vuelta mañana.

 

Celestino, con sus 24 o 23 años, estaba en edad de casarse, mientras que nosotros apenas teníamos diecisiete. Él tenía un auto, nosotros éramos “pegoshtes”. El trayecto fue entretenido, con pocas palabras, mucha música, algunos chistes sin sentido y muchas risas. A pesar de que su auto era de un modelo antiguo, el sistema de sonido envolvente le daba un toque de lujo. Descendimos la sierra escuchando melodías como “I Want to Break Free”, “Words” y “Wind of Change”.

 

Al llegar a la costa, hicimos una parada en la tienda de la entrada para probar algunos bocadillos. Desde ahí podíamos ver el ir y venir de los autos de la costa a la frontera y viceversa. Fue entonces cuando vi venir al marido de Ámparo, Don “No me acuerdo”, con mirada firme en su auto, rumbo al Manzanar. Ella me había dicho, cuando va al Manzanar en la costa, se queda allá dos días al menos (porque allá vive “La primera”).

 

En una fracción de milisegundos se me revelaron ciertas cosas.  Amparo y su soledad, Amparo y su amor, amparo y yo, amarrados, trenzados, en bucle dando vueltas en el colchón como pollitos rostizados de tanta pasión. Le dije a Mario —Mario, creo que me entró un dolor de panza insoportable. —¿Cómo crees? —Si, así es. Y sin dar más explicación dije “Adiós que les vaya bien”. Todavía intentó convencerme diciendo que habría alcohol a morir, pero más que Dionisio, Eros el que es, el que fue y el que será mi preferido.

 

En la combi de regreso fantaseaba yo con ese encuentro. Era como ganar la lotería, tenía permiso hasta el día siguiente, estaría toda la noche en brazos de aquella. (Quién iba a decir que algo así podría pasar).

 

Arribé a su domicilio como a las 4 de la tarde, le comuniqué la noticia. La felicidad me hacía tartamudear. Me escuchó serena, y cuando habló me dijo. —De verdad me encantaría estar contigo, pero no va a ser posible porque acaba de llegar “Andrés” —¿Andrés? Tu marido o tienes otro. —Loquito, Andrés el que llega cada mes. —Ahhhhhh.

 

Me fui pensando en las alternativas que quedaban, y ninguna me parecía interesante. “Quién iba a decir, Que un día de estos Andrés me habías de hallar”. Desamparado.


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