
Doblé la esquina y el sol de mediodía me abofeteó.
Anoche a punto de ejercer mi virilidad, en ese cuerpo, y al
final nada. Que manera de oponerse, apreté, me dio arrumacos, me calentó,
cierto me enojé al final, pero no se lo demostré.
Unas horas antes compartía la cama con mi amiga y ahora, me
cerraba las puertas, tremendos vituperios, para denostar al más detestable de sus
enemigos.
Celeste, me había echado de su refugio. Yo nada podía hacer,
solo maldecirla.
Incapaz de reconciliarme con mi
orgullo, avancé hacia el centro.
Pasaban de las once de la mañana y esperaba el desayuno, para
después partir...volvió de la calle, jugando sus llaves, me pidió perdón por no
terminar la noche a mi lado, salió a una fiesta, cuando me quedé dormido.
En el desayuno, se limitó a buscar a su gata princesa para
alimentarla.
Ahí fue cuando soltó esa sarta de agravios.
¿Cuándo la conocí?
Coincidimos repetidamente en la libreta de firmas en la
escuela donde ambos éramos catedráticos. Un día de la nada recibí su invitación
a tomar el café en su casa, allí supe
que rentaba el departamento sola, que tenía parejas ocasionales, que los compromisos
no le gustaban, sus hobbies preferidos, recoger gatos y perros callejeros de
raza pequeña, para su compañía.
Sentados en un sofá mediano, fumamos compartiendo el
cigarro, hojeé unos ejemplares atrasados del periódico. Conté de mí,
queriendo disimular la bola de pelos que ronroneaba en mis zapatos, en 40
minutos le resumí mi existir en la ciudad.
Esa ocasión creí que con esa entrevista había terminado
todo, satisfecha su curiosidad descubriría que no valía gran cosa para su
amistad, y decidía no continuar.
Su conducta era a un mismo tiempo estudiada y anárquica. A
la hora de partir, emocionada. sacó el disco que habíamos estado escuchando: -
escúchalo dos o tres veces, lo cuidas, me lo das luego.
Un domingo de cada 15 días nos encontrábamos en su casa para
hablar de todo y después, con las luces apagadas ver una película en su cama;
al despedirme en ocasiones me daba un libro, en otras una película para que
hiciera menos sufridos los momentos de soledad en mi cuarto.
Los gatos mataban toda cercanía, celosamente se restregaban
en sus piernas, causando mi repugnancia. Procuraba identificar cualquier señal
que me indicara que existía la posibilidad de que hubiera un encuentro con
ella. Pero todo parecía tan indiferente.
Anoche, llegué empapado, llovía a cantaros, su calle estaba
encharcada, pero la necedad por verla, hizo que me importara poco. Atenta como
siempre, me hizo un té, puso en el dvd, un concierto de rock, y me ordenó
que me bañara.
Me acosté y para sorpresa me comenzó a soplar las orejas con
su aliento tibio.
El concierto era muy bueno, y muy apropiado para esa noche
relampagueante, pero yo había perdido el interés en poseerla, me había
resignado a no probarla como mujer, además no poseía los atributos físicos que
requería mi estándar de calidad, deseché la idea después de notarla tantas
veces indiferente.
Celeste, apagó la tele, y se montó a mi espalda diciendo que
me caería muy bien un masajito, se quitó la blusa y condujo mis labios a sus
senos, sosteniendo mi cabeza en movimientos circulares, después enganchó sus
pies a mis muslos, como tenazas, no dejó que me saliera.
Aquello fue un festín de lengüetazos, pero mi placer no
estaba completo aún faltaba penetrar, cosa que nunca ocurrió, pues, desconfiaba
de mis hábitos sexuales, y no tenía un preservativo.
Intenté vencer su negativa, incrementando el placer que le
proporcionaba, pensé que terminaría cediendo. Presentía el éxtasis, gritó
desaforadamente, gritos ensordecedores, ruidos guturales, maullidos y alaridos,
gritos que sobrepasaron toda mi experiencia conocida en sonidos.
Mis intentos por penetrarla no desmayaron, tampoco su
reticencia, los minutos se hicieron horas... lo que me hizo desistir fue el
dolor que sentí en la espalda al sentir sus 8 uñas clavadas, rasgando,
rompiendo la piel, sus genitales me espinaron la boca. Ahí terminé mi loable
empresa y me aparté para caer profundamente en un sueño.
Hoy, cuando esperaba sus disculpas, buscó a su gata para
alimentarla, por todos lados, y me maldijo.
Sus ojos desorbitados, y mi desconcierto ¿qué tengo que ver,
con su gata ensangrentada y muerta?.
¡Qué hiciste!, me preguntó como loca.
Ahí fue que me corrió.
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