miércoles, 19 de agosto de 2015

La culpa no es de Sabines


- ¿Qué te consuela? “preguntó
-….aparte de que me rasquen la espalda con uñas largas, la poesía.
-¿Podrías recitarme alguna frase, estrofa o verso que tengas en mente ahorita?

Ahí fue cuando socarronamente un recoveco de mi anterior personalidad afloró burlándose de mi pretendida entereza y dije:
-              “Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día…”.

Ese es el instante en que debí reconocer que me estaba pasando de loco con el juego de ser paciente de una psiquiatra, no adelanté nada, era apenas la tercera de mis seis citas programadas.

Entrecerró las pupilas extendiendo más allá de lo necesario las cejas de los anteojos que le daban el total crédito de sus años de profesional de las enfermedades del alma, y  que yo había visitado más por curiosidad que por sentir necesidad de cura.

Mal interpretó la frase del poeta Sabines, o quizá quiso hacerme creer que malinterpretaba la frase, porque,  y creo que a todos los pacientes les ocurre, psicoanalizan a su psicoanalista, ella estaba necesitando emociones con un hombre como yo o, con cualquiera.

Me parece burdo decir que la conquisté con una frase del poeta: “Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día…”. Es un episodio tonto, ¿Por qué tuve que fingir engolosinamiento con ella, mujer experimentada que finge candidez?. Aunque le hubiera recitado una canción de Julión Álvarez, igual hubiera sido el resultado: Su Cama.

Era la hora de huir y me acerqué al peligro. “Anótame tu número de cel., podría servirme por cualquier cosa”, dijo al concluir la sesión que se fue entre las suposiciones del arte y la cultura y de la tiranía de la industria por sobre las verdades filosóficas de cada ser humano a lo largo de los siglos. Esa tarde comprendí que son infinitos los caminos para la recuperación de la paz existencial, y que al  prestarme al juego de la terapia, estaba de algún modo ayudándola.  

Mientras pagaba un artículo en la tienda de autoservicio, el ruido del celular llamó mi atención, vi su mensaje: “Amigos o parchicuates”. Ignoré el mensaje hasta que me senté en la banca del parque en donde acostumbraba ir a contemplar las parejas de novios y familias felices, niños haciendo bullicio y pájaros anidando o volando en libertad, el día era intermedio, no me tocaba terapia. Le envíe  como respuesta: “Márcame cuando puedas”.

La llamada llegó a las siete la hora en que terminaba mi cuarta taza de café y hojeaba la revista  en el restaurante italiano…

-              Dime que no fuiste tú, que tu hija equivocada envío un mensaje de manera errónea a un número que no era. Dije
-              Jajajajajajajajjajjaja. Y qué si era yo, de otra forma no te hubiera llamado.
-              Se supone que podrías llamarme por cualquier razón de índole proceso de sanación.
-              Ok. ¿Y?.
-              ¿Y?         qué.
-              Amigos o parchicuates, a poco ya olvidaste el mensaje.

Explotaba de incertidumbre y desconcierto pero  riendo a carcajada batiente dije:
-              Eso amerita una discusión sobre el precio de las sesiones. Si es verdad tu juego, sal en este instante a alcanzarme, te toma cosa de diez o quince minutos a lo máximo, estoy en el parque bicentenario

Azorado me pregunté hacia donde giraba esa historia recién iniciada. Yo no estaba dispuesto a ser su conejillo de indias, y ella debía saberlo
-              Seré yo tu india y los dos: conejos.

Ella reía cada que tenía un orgasmo, eso me fastidiaba. Sus risas eran aterradoras, apoteósicas, y en vez de sentirme hércules, me sentía Ícaro descendiendo al mar con mis alas rotas, quemadas por la luz.

Empecé a ceder, consciente de mi papel de complacedor empedernido, el motel de un  pariente suyo,  era nuestro centro de visitas. Desde la cuarta vez había optado por la desaparición de su vida, pero una quinta y una sexta vez llegaron para poner pies y cabeza a esta historia.

Esta es la sexta vez, y  es el momento de expiarnos, jajajaja de purificarnos, el marido ayudado por el primo han colocado una camioneta que estorba la entrada del cuarto y la salida de emergencia está franqueada también por una pared, estoy desde hace ratos maldiciendo al maldito Sabines, que no supo hacer otra cosa que embaucarme con esta cabrona, veo sus cachetes aún sedientos de algo similar a…un no sé qué, a un orgasmo supongo. Hace un momento evalué la posibilidad de evadirme por el techo de lámina que afortunadamente existe, mientras percibo que la gasolina vertida al piso en cualquier momento habrá de incendiarse y con ella nosotros, pienso  por calientes hemos de rendirnos a nuestras llamas y no metafóricamente.

 Y en este instante la única estrofa del maldito Sabines,  que me  ofrece consuelo  es la esperanzadora: “Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible”


Pensándolo mejor… la Culpa no es de Sabines. 

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