domingo, 10 de mayo de 2009

CELESTE

MALA RACHA




Doblé la esquina y el sol de mediodía me abofeteó.

Anoche a punto de ejercer mi virilidad, en ese cuerpo, y al final nada. Que manera de oponerse, apreté, me dio arrumacos, me calentó, cierto me enojé al final, pero no se lo demostré, solo me resigné a no poder completar el acto.

Unas horas antes compartía la cama con mi amiga y ahora, me cerraba las puertas, tremendos vituperios, para denostar al más detestable de los enemigos.

Celeste, me había echado de su refugio. Yo nada podía hacer, solo maldecirla.
¿Qué pretende con tratarme así?... en todo caso, el ofendido, el ultrajado, el humillado era yo. ¿Qué alusión a su moral hizo, que no comprendo?. Incapaz de reconciliarme con mi orgullo, avancé hacia el centro.

Pasban de las once de la mañana y esperaba el desayuno, para despúes partir...volvió de la calle, jugando sus llaves, me pidió perdón por no terminar la noche a mi lado, salió a una fiesta, cuando me quedé dormido.

En el desayuno, se limitó a buscar a su gata princesa para alimentarla.

Ahí fue cuando soltó esa sarta de agravios.

¿Cuando la conocí?

Ambos trabajábamos como docentes, en uno de tantos institutos prestigiados de tuxtla, una ocasión que amonestaba a mis alumnos, me interrumpió: - Albricias, joven maestro.

La juventud se tiene de los 13 a los 17, o 18, cuando te vuelves asalariado tu juventud te abandona, entonces yo con 24 años no me consideraba ningún jovencito y ella con sus 38, tampoco. Me provocó interés su personalidad nihilista y el lejano parecido a Carmen, mi asesora de tesis, pero no me imaginè sorbiendo sus senos flácidos, nunca.

-“¿Qué te parece si llegas a tomar un café a mi casa, y platicamos”, me dijo, mientras me apuntaba su número telefónico. El domingo próximo le marqué pero no contestó, el lunes de clases cuando firmábamos la entrada en la recepción le dije: - “sabe, le marqué, pero no estaba creo”.Así que acordamos que sin falta nos reuniríamos el domingo siguiente.

El sábado a medio día, me hallé caminando con rumbo al oriente de la ciudad, había asistido a un curso de actualización de enseñanza. Quise caminar para cansarme, mi domicilio estaba mas o menos a unos kilómetros de mi centro de trabajo, y los fines de semana eran insoportables ya que vivía completamente solo, solo durmiendo olvidaba eso.

Pitó una vez, y aparejó su coche, abriendo espectacularmente la puerta del copiloto, yo dubitativo la miré hasta reconocerla tras sus enormes lentes de sol. En el transcurso al parque central me contó que iba a recoger un encargo a una agencia de envíos y que le acompañara, anduvimos x todos lados, como si no encontrara la oficina que buscaba o como si quisiera perder el tiempo solamente para conocernos mejor.

El día siguiente acudí puntual a tomar el café, y allí supe que rentaba el departamento sola, que tenía parejas ocasionales, que los compromisos no le gustaban, sus hobbies preferidos, recoger gatos y perros callejeros de raza pequeña, para su compañía.

Sentados en un sofá mediano, fumamos compartiendo el cigarro, hojeé unos ejemplares atrasados de "El País". Conté de mi, queriendo disimular la bola de pelos que ronroneaba en mis zapatos, en 40 minutos le resumí mi existir en la ciudad.
Esa ocasión creí que con esa entrevista había terminado todo, satisfecha su curiosidad descubriría que no valía gran cosa para su amistad, y decidía no continuar.

Su conducta era a un mismo tiempo estudiada y anárquica. A la hora de partir, emocionada. sacó el disco que habíamos estado escuchando: - escúchalo dos o tres veces, lo cuidas, me lo das luego.

Un domingo de cada 15 días nos encontrábamos en su casa para hablar de todo y después, con las luces apagadas ver una película en su cama; al despedirme en ocasiones me daba un libro, en otras una película para que hiciera menos sufridos los momentos de soledad en mi cuarto.

Los gatos mataban toda cercanía, celosamente se restregaban en sus piernas, causando mi repugnancia. Procuraba identificar cualquier señal que me indicara que existía la posibilidad de que hubiera un encuentro con ella. Pero todo parecía tan indiferente.
Aumenté mis visitas el día en que perdí el empleo, tuve una mala racha, me dejó mi novia y la soledad se hizo menos llevadera, eran tiempos de lluvia y mis paseos eran suspendidos por esa razón.

Anoche, llegué empapado, llovía a cantaros, su calle estaba encharcada, pero la necedad por verla, hizo que me importara poco. Atenta como siempre, me hizo un té, puso en el dvd, un concierto de THE DOORS, y me ordenó que me bañara, me prestó playera, calcetas y short, talla chica todo, pues era de ella.

Me acosté y para sorpresa me comenzó a soplar las orejas con su aliento tibio.
El concierto era muy bueno, y muy apropiado para esa noche relampagueante, pero yo había perdido el interés en poseerla, me había resignado a no probarla como mujer, además no poseía los atributos físicos que requería mi estándar de calidad, deseché la idea después de notarla tantas veces indiferente.

Celeste, apagó la tele, y se montó a mi espalda diciendo que me caería muy bien un masajito, se quitó la blusa y condujo mis labios a sus senos, sosteniendo mi cabeza en movimientos circulares, después enganchó sus pies a mis muslos, como tenazas, no dejó que me saliera.

Aquello fue un festín de lengüetazos, pero mi placer no estaba completo aún faltaba penetrar, cosa que nunca ocurrió, pues, desconfiaba de mis hábitos sexuales, y no tenía un preservativo.

Intenté vencer su negativa, incrementando el placer que le proporcionaba, pensé que terminaría cediendo. Presentía el éxtais, gritó desaforadamente, gritos ensordecedores, ruidos guturales, maullidos y alaridos, gritos que sobrepasaron toda mi experiencia conocida en sonidos.

Mis intentos por penetrarla no desmayaron, tampoco su reticencia, los minutos se hicieron horas... lo que me hizo desistir fue el dolor que sentí en la espalda al sentir sus 8 uñas clavadas, rasgando, rompiendo la piel, sus genitales me espinaron la boca. Ahí terminé mi loable empresa y me aparté para caer profundamente en un sueño.

Hoy, cuando esperaba sus disculpas, buscó a su gata para alimentarla, por todos lados, y me maldijo.

Sus ojos desorbitados, y mi desconcierto ¿qué tengo que ver, con su gata ensangrentada y muerta?.

¡Qué hiciste!, me preguntó como loca.

Ahí fue que me corrió.

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